El vino chileno no necesita menos alcohol. Necesita más verdad.

Se está instalando con fuerza en nuestra industria la idea de bajarle el grado alcohólico al vino. En el papel suena moderno. «Más ligero«, «más saludable«, «adaptado a las nuevas tendencias«. Pero saquémosle el maquillaje corporativo a esto.

Para lograrlo a escala, la industria tiene básicamente tres caminos:

Agregarle agua. Diluir el vino para alcanzar un número en la etiqueta. Faltarle el respeto al trabajo de todo un año en el viñedo.

Desalcoholización industrial. Ósmosis inversa, columnas de cono rotatorio. Procesos que le quitan el alcohol al vino a la fuerza — y con él, los aromas, el cuerpo, la estructura. Lo que queda es cosmético.

Cosechar antes. Uvas verdes, sin madurez fenólica. El resultado: vinos astringentes, planos, con notas amargas que después se tapan con productos enológicos en la bodega.

El punto es: estamos cambiando identidad por conveniencia comercial.

Entendemos que el consumo global viene a la baja. Entendemos que la industria está buscando cómo encajar con las nuevas generaciones. Pero la solución no es disfrazar al vino de cerveza o de kombucha.

El vino chileno tiene una fuerza real: su origen, sus valles, las historias de las personas que lo hacen. Lo que necesita es salir de su burbuja de élite, dejar la soberbia técnica que aleja al consumidor común, y volver a ser lo que siempre fue — el centro de la mesa, el conector de la familia y de los amigos.

En Forajidos creemos en eso. Vinos con alma, no vinos de laboratorio.

El vino chileno tiene una identidad poderosa. Eso no se diluye. Eso se potencia.

Luis Enrique Izquierdo e Ignacio Saavedra

Luis Enrique Izquierdo e Ignacio Saavedra

Expertos en Vinos a tu Servicio. Cuenta con nuestra ayuda.

[]